Las luchas de una comunidad escondida

Anlly Zuluaga

 

Los Kuna de Urabá han sobrevivido a la violencia durante años. Colonizadores, guerrillas, grupos paramilitares y la falta de presencia estatal han hecho que esta comunidad se refugie con temor entre las montañas. Su vida está en permanente riesgo

Hablar con ellos no es fácil. Los Kuna de Urabá se han refugiado por años entre sus sembrados, adentro en las montañas, y se han convertido en todo un enigma para todo aquel que ha querido ahondar en su cultura. Basta con estudiar la historia de violencia de la región para entender que tiene sentido que se escondan en un resguardo que queda a 6 horas de la vía principal entre Turbo y Necoclí. Su resguardo ha sido golpeado por la violencia desde los tiempos de la colonización: “Los que llegaron de otro continente llegaron con ansias de llevarse las riquezas. Eso queda impregnado en la mente y en el espíritu de los Kuna”, dice, Amelicia Santacruz, líder social indígena.

 La violencia de Urabá no ha sido ajena al resguardo Caimán Nuevo, pues el tráfico de drogas y la presencia de grupos armados es el pan de cada día desde hace, por lo menos, cuatro décadas. Y es que ellos se encuentran en medio de dos de los municipios con más presencia de grupos al margen de la ley en Antioquia que se benefician, entre otras cosas, con la exportación de cocaína, según Indepaz. Su ubicación estratégica es su gran condena, pues tiene salida a ambos océanos y frontera con Panamá. Esto permite, además, un constante tráfico de personas que cada día se convierte en un lugar común en la región; según el líder social Sergio Monsalve: “Ese es el nuevo negocio del Clan del Golfo, llevar gente a los Estados Unidos”.

Mientras los Kunas luchaban por sobrevivir, los actores armados seguían sacando provecho de lo que se ha conocido como la “mejor esquina de América”.

Hay que agregar que el Golfo de Urabá (Turbo, Necoclí y Arboletes) ha figurado históricamente como unas de los principales puertos para la salida de estupefacientes del país. Estados Unidos, China y Australia son los principales destinos.

En los años de la colonización, los Kuna eran dueños de todo lo que se conoce hoy como la cuenca baja del Río Atrato. Hoy sólo cuentan con 7000 hectáreas que se dividen en el resguardo Alto y Medio Alto, situado en Turbo; y Medio Bajo y Bajo en la orilla de la carretera de Necoclí. Esta comunidad vive en pequeñas casas hechas de madera y paja y con el piso de tierra, casas que parecen esconderse en medio de las extensas hectáreas de plátano. Cada familia tiene derecho a 10 hectáreas para el cultivo de banano y cada jueves los hombres y las mujeres escogen su mejor producto para empacarlo y exportarlo.

Para llegar a la primera casa del resguardo se deben subir enormes colinas, que en días lluviosos se hacen intransitables. Una vez se llega a la cina de la primera loma se pude divisar una increíble paronímica del mar y del municipio de Necoclí: “Nosotros tenemos la mejor vista del Urabá”, dice Tuminel Santacruz, líder de la comunidad, mientras se disponía a subir la segunda loma.

Los Kuna tienen como costumbre vivir con sus suegros apenas contraen matrimonio, la familia de la novia se encarga de recibir al nuevo miembro y también de cuidar a sus futuros nietos. Por eso en cada casa viven entre dos o tres familias. El resguardo está rodeado de vegetación y todo el día se puede escuchare el sonido de diferentes animales: perros, cerdos, gallinas, gallos, caballos y mulas.  El clima es húmedo, caluroso y su aroma a mar recuerda lo cerca que se está de él. Los Kuna son una de las comunidades más antiguas del país, pero también de las más pequeñas, pues gran parte del pueblo se ha visto forzado a desplazarse hacia Panamá buscando refugio en un lugar más seguro.

“Siempre he sentido que mi cultura es muy rica, con mucho potencial, por eso cuando la gente me pregunta: ¿Quién soy? Siempre digo, yo soy Kuna, sinónimo de resiliencia”

Durante buena parte de la década de los noventa el resguardo fue víctima del Bloque Élmer Cárdenas de las Autodefensas. Para 1995 ellos eran los amos y señores de la región. Este grupo disponía de inmensos cultivos e inversiones en proyectos agroindustriales alrededor de Arquía y Caimán Nuevo. Mientras los Kunas luchaban por sobrevivir, los actores armados seguían sacando provecho de lo que se ha conocido como la “mejor esquina de América”.

Los Kuna han logrado mantener casi la totalidad de sus manifestaciones culturales, en especial su lengua: “Cuando nosotros nos expresamos en nuestra lengua, inmediatamente la comunidad nos identifica como un grupo social indígena milenario”, dice Jorge Andrés Peláez, profesor de la comunidad Kuna Tule. Pese a habitar uno de los territorios más golpeado por el conflicto armado, los indígenas del resguardo han conseguido seguir con sus tradiciones, caracterizadas por un profundo respeto por el equilibro de la naturaleza, la verticalidad de las instituciones gubernamentales y un interés por blindar su cultura. “Somos muy conservadores de nuestra cultura, y estamos en ese proceso de lucha para no perderla, de seguir construyendola de lado de la comunidad homogénea”, dice Jorge Andrés.

Desde el punto de vista cultural, las mujeres son representativas por su traje típico con molas que significa equilibrio: “La mujer Kuna nos hace identificar de la sociedad homogénea por su vestimenta”, asegura Jorge. Los hombres, por el contrario, usan ropas occidentales, pero se diferencian porque en sus cuellos lucen collares de dientes de animal canino, que fue el reemplazo de los dientes de lobo que hoy en día son imposibles de conseguir.

El conflicto armado casi extingue a los Guna-Dule. Durante 23 años sobrevivieron a la violencia implementada por la antigua Farc, a las masacres paramilitares y al reclutamiento de bandas criminales; además del uso de sus tierras para el cultivo de coca, que con el tiempo se vieron afectadas por las aspersiones con glifosato realizadas por el Gobierno con el fin de acabar con dichos cultivos. Fue en los años noventa en los que se dio el mayor estallido de la guerra por los territorios. En esta guerra se enfrentaron el Frente 57 de la antigua guerrilla de las Farc y las autodefensas de “Los Guelengues” o “El Grupo de la 70”; que antecedieron el bloque Elmer Cárdenas que lideraba Freddy Rendón Herrera, alias “El Alemán”.

En el trascurso de 2014 el Programa Presidencial para la Acción Integral contra las Minas Antipersonal reportó que el 40% del territorio de Caimán Nuevo estaba minado, y por motivos de seguridad la entidad no pudo realizar en su momento el proceso de desminado correspondiente. Entre 2003 y 2012 siete personas fueron víctimas de estas minas que han mantenido a esta comunidad aislada por años de los cascos urbanos.

Según el antropólogo, Maurizio Alí, la región de Urabá – Darién, donde está ubicado el resguardo Caimán Alto, es una de las áreas del mundo con mayor riqueza y diversidad biótica. Sin embargo, en los últimos años esta zona ha sido el epicentro de una grave crisis humanitaria, sobretodo por el rentable negocio de la migración ilegal. “Hay una crisis muy verraca en la frontera con Panamá, muchas personas mueren en medio del camino, pasar el Darién no es tarea fácil, pero los grupos armados se lucran del sufrimiento ajeno”, dice Tuminel Santacruz.

Por otro lado, los Kuna no solo han tenido que resistir a los grupos armados sino al interés de los diferentes gobiernos por potenciar las riquezas del Urabá. Uno de los proyectos más controversiales ha sido la construcción de tres Mega-Puertos, Puerto Antioquia y Puerto Pisisí ubicados en Turbo y el Darién Internacional Port, en Necoclí. Las preocupaciones de los Kuna comenzaron cuando el Gobierno inició la construcción de la Panamericana, vía que facilita el trasporte y la integración entre los países de América Latina. Actualmente, el único punto que interrumpe dicha construcción es el Tapón del Darién que cuenta con unos 4000 km2 de selva. Durante la creación de esta ruta la comunidad perdió grandes territorios ancestrales. Durante el 2017 y el 2018 los gobiernos de Colombia y Panamá intentaron llegar a acuerdos para la pavimentación del Tapón del Darién y así poder darle finalidad al proyecto que conectaría todo el continente, pero los indígenas se opusieron rotundamente, pues esto significaría cambiar sus costumbres, además del temor de un aumento significativo de personas que transitarían por la zona (que pondría en riego su cultura).

En noviembre de 1994 la construcción de la Panamericana hizo que el río Chacunaque se desbordara, lo que originó que varias comunidades Kuna -que se encontraban cerca de la carretera- se inundaran: “Nuestros hijos tuvieron que nadar para salvarse, el agua llegaba hasta el cuello de los ancianos. Todos nuestros campos y muchas de nuestras casas fueron arrastradas”, dijo Horacio López, líder comunitario, en declaraciones a un portal de noticias.

A pesar de las evidentes luchas que han tenido que vivir a través del tiempo, el resguardo está fortalecido. Y siguen en una lucha continua por su territorio y por proteger la madre tierra: “El pueblo Tule es muy diplomático, sabe negociar, sabe sentarse frente a frente”, asegura Amelicia Santacruz. Su comunidad sigue luchando por el reconocimiento de su cultura por medio de las molas y sus tradiciones milenarias. “Siempre he sentido que mi cultura es muy rica, con mucho potencial, por eso cuando la gente me pregunta: ¿Quién soy? Siempre digo, yo soy Kuna, sinónimo de resiliencia”, dice Jorge Peláez.

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